sábado, 8 de junio de 2019

CUENTO PACIFISTA

Ayer os dejé la introducción de este cuento pacifista que escribí una noche de guardia en el Penal Militar del Castillo de Santa Catalina. Mejo leéis la entrada de ayer donde explico las circunstancias que rodearon la creación de este relato. Foto de Jorge Lázaro



        El soldado estaba con todos sus músculos en tensión, detrás de su rostro juvenil casi desprovisto de barba, se adivinaba toda la fuerza desgarrada que produce el miedo, aquella tarde había sido especialmente dura, los paramilitares se habían batido con una tenacidad poco acostumbrada.   El había sido llamado al ejército y preparado para la campaña, pero aquellas luchas callejeras tenían el poder de agotar su sistema nervioso.  El era inglés y sentía el problema de los irlandeses como algo próximo y distante a la vez.  Sabía que existía, pero siempre se le había antojado muy lejano, nunca pensó que tendría abandonar su hogar recién fundado para patrullar, siempre lleno de miedo y de incertidumbre, por las angostas calles del Belfast.


          Ahora seguía literalmente abrazado a su MX-25, protegido tras la esquina, al fondo de la que habían logrado aislar a un grupo de provisionales del IRA, de vez en vez, como baladas de tristeza,  sonaban disparos espaciados, secos y lejanos, era el canto triste y, posiblemente equivocado, de un pueblo que decía luchar por sus tierras, sus tradiciones y su libertad.  Y el,  que siempre había juzgado a los irlandeses con la dureza que impone la lejanía, ahora comenzaba a entenderlos tras contemplarlos luchar, entregarse, sufrir y hasta morir por unos ideales que, acertados o no, en su fondo y en sus formas, eran los suyos.  Y volvía a pensar que, pese a todo, Irlanda y el Reino Unido le importaban menos de lo que creía y que, en lo que realmente pensaba, era en su joven esposa, en el hijo que iba a nacer lejos de él, en su familia, en sus amigos, en casa, su entorno…

         Tras estos momentos de calma que le habían permitido aislarse de la inmediatez, una ráfaga seca y un grito de dolor le devolvió a la realidad, el jefe del pelotón le hacía señas de que cubriese la arcada del fondo, de una de las barricadas, y como consecuencia del fuego cruzado, aparecía fuera del ángulo protegido, medio cuerpo de uno de los guerrilleros, seguramente herido en el cruce de disparos.  Con el corazón latiéndole profundamente, levantó su arma y paseo la mira telescópica por el pavimento hasta llegar a los sacos de la barricada, luego giró para enfocar el cuerpo del herido…   Despacio…     Muy despacio…     Subió el visor hasta centrarlo en su cara…   Era casi tanto, o quizás más joven que el, sentía que las sienes le ardían, no tenía conciencia de haber quitado ninguna vida. Solo veía al muchacho agitarse convulsamente, sin duda gravemente herido por algún proyectil…   Estaba el campo de tiro tan cubierto por su patrulla que los compañeros del caído no parecían tener posibilidad de prestarle ayuda. Rogaba con todas sus fuerzas no verse precisado, precisamente a él, a tener que disparar sobre alguien indefenso.

           De pronto fue como una sombra, el instinto le hizo girar el visor a su derecha y encontrarse con un bulto humano que, velozmente, trataba de auxiliar desesperadamente al herido, cruzaba desde algún refugio hasta la aislada barricada.   Por un reflejo instintivo le dio el ALTO!  La figura se detuvo en ese segundo eterno del que pierde la carta a la que se lo jugaba todo…     

           El hombre levantó el brazo hacia el rostro en un gesto instintivo, fue entonces todo de una rapidez inusitada, algo metálico le brilló en la mano al recibir el reflejo de alguna luz o quizás de la luna.   Sin duda un arma, fue solo una fracción de segundo, luego apretó repetidas veces su dedo índice, hasta que la figura cayó con un lamento lastimero y un gesto cálido de autoprotección.    A sus disparos siguieron algunos más y luego el silencio.  Un silencio pesado, hueco, húmedo, vacío…    Un silencio tan tremendamente sonoro como el más ensordecedor de los ruidos.

Pasaron unos minutos de calma absoluta, eternos, anchos…    Luego sonó la voz de avanzar hasta la abandonada barricada, recorrió los metros que le separaban de su primer muerto de guerra, caminaba con el firme propósito de pasar de largo, no quería recordar la mueca que, sin duda, desfiguraría el rostro del guerrillero, conforme iba avanzando, su imaginación aliada con su alma, iba tejiendo mil vestiduras para el pesado cuerpo que le ahogaba  la conciencia.  Pensaba que así era la guerra.  O tú o tu enemigo, pensaba que solo había disparado al ver el arma en la mano del caído.       Había sido un acto reflejo, resultante de unas circunstancias que se le escapaban a su libre albedrío.

Lo primero que le extrañó fue el atuendo oscuro del caído, negro cuando se acercó.  Lo que comenzó por una sospecha,  se le acabó por confirmar con todo el peso de  la certeza ante sus acongojados ojos,  desmesuradamente  abiertos a la extrema dureza de la realidad.  Con el aire faltándole en sus pulmones y unas gruesas gotas de sudor resbalándole por el rostro, se agachó lentamente hasta el caído, apartó sus manos dejando al descubierto un traje gris oscuro y el alzacuellos  blanco…   Era un sacerdote.

Con la cabeza dándole vueltas y la mirada falta de fijeza, abrió el puño, crispadamente cerrado del caído, para volver a  ver, nuevamente, el brillo metálico que le había hecho disparar…    Se encontró, no con un arma de guerra sino, muy por el contrario, con un símbolo universal de amor, de paz, de concordia, de perdón.   Eran la PAZ Y LA HERMANDAD hermanadas en un viejo crucifijo…


 Levantó los ojos y se cruzó con la mirada cálida del jovencísimo, casi niño, guerrillero irlandés.    Con gran esfuerzo arrancó de la crispación de la muerte del sacerdote el crucifijo y lo alargó hasta el muchacho moribundo, percibiendo a la vez que la cálida sonrisa del joven,  un asco tremendo que le hizo levantar la frente hasta la estrellada noche irlandesa. seguramente queriendo robar alguna luz  para la oscuridad que acababa de producirse en su alma…

Cádiz, marzo 1966. En el Penal Militar del Castillo de Santa Catalina.

     


1 comentario:

Belén dijo...

¡Qué bueno!
Me ha gustado mucho y me entretuvo.

Un abrazo de osa y un par de besos