miércoles, 19 de agosto de 2015

HOJAS SUELTAS. JUAN

Retomo mis HOJAS SUELTAS con un personaje que conocí mientras hacía mi servicio militar en la batería del Picacho. Hace más de 40 años de esta historia y si cierro los ojos veo perfectamente a JUAN en la cantina de la Hilaria o en casa de mi tío Valeriano en el Faro. La magnífica foto es de Manuel González Flores y quiero con ella representar la soledad que emanaba el personaje.
Quiero dedicar esta Hoja Suelta a mi querido amigo Pedro Rodríguez, pintor de Moguer,  grande como artista y como persona y que también vivió experiencias en ese mismo Faro.




                                                               JUAN



    Juan…  Juan el “mala jacha” le decían y añadían que era un infeliz, un desgraciado, un borrachín Pero para mí, Juan era un hombre al que, si acaso entre los demás y la vida, habíamos hecho un pobre hombre, aunque infeliz, desgraciado o pobre… en definitiva un hombre.


     Cada mañana Juan iba al tajo, porque Juan era albañil, envuelto en su pelliza vieja y raída, marchaba a la obra casi sin lavarse, sin ninguna despedida y sin ninguna taza de café.  Al atardecer,  volvía del tajo hasta la cantina con su barba mísera, su gorra negra de socialista viejo que ni tan siquiera sabe que es socialista, como tampoco sabía leer, ni sabía lo que era el calor de la compañía de una mujer.


     Yo apreciaba a Juan.  Lo invitaba a un vaso de vino de Moguer en la cantina de La Hilaria y, a veces, compartía su mesa cuando, con el agradecimiento que tienen en su mirada los solitarios, algunos sábados al regreso de la obra, con su mísero jornal a cuestas, quería que le acompañase mientras comía…


     En las noches de invierno se sentaba en el faro en casa de mi tía María, cerca del fuego y cerca de mí y entre restallar de leños y en sus pocas palabras, me daba involuntarias lecciones de la amarga asignatura de la vida…


    Juan murió solo, igual que había vivido, faltaba al tajo, quizás en eso lo notaron, en que su faena no avanzaba, fueron al bunker abandonado de la playa donde vivía…     Y allí estaba en su miserable jergón, con toda su miserable muerte a cuestas.


    Yo aquella noche tomé algunos vasos de más en la esquina donde solía sentarse en La Hilaria. Y volví triste hasta la batería, envuelto con el silencioso rumor de la compañía del viejo amigo a quién nadie notaría a faltar…



Domingo, 24 de Febrero de 2.008 (sobre una idea de otro domingo 31 Octubre de 1976)

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