lunes, 29 de agosto de 2016

SUEÑO EN COLOR CARMÍN

De mi libro MIS SUEÑOS EN 39 COLORES con fotografía de Jorge Lázaro



         Estuve esperándote en el mismo sitio donde lo hacía desde que nos habíamos separado  meses antes, pero aún con el recuerdo húmedo en mi boca de nuestros últimos besos. Cada noche de luna llena, me sentaba entre la vegetación con los olores inseparables de aquél otro dulzón que nos rodeó la primera vez que, juntos, descubrimos que el amor placentero existía.


         Cuando, por fin, apareciste, como un Sueño revivido, te vi enrojecer suavemente, te acercaste despaciosa, estiré mi mano y te toqué la piel nacarada de tu cuello a la altura de la oreja. Percibí como sentías que una sensación caliente te subía por las piernas y te ablandaba la voluntad, noté que cerrabas los ojos y que te estabas abandonando a mi cercanía. Te atraje con dulzura, te rodeé con mis brazos. Hacía tantos meses que no estábamos tan cerca el uno del otro, que primero aspiramos nuestros nuevos olores, luego nos frotamos contra las pieles que también parecían diferentes a la que nuestros dedos conocían y más tarde nos miramos, sin podernos ver, por la cercanía de nuestros cuerpos que se entregaban calmosamente ansiosos el uno del otro.


        Nos buscamos las bocas como mil veces lo habíamos hecho antes, aunque a los dos nos pareció una caricia que acabábamos de inventar. Desde ese abrazo lleno de cercanía, de ternura, de pasión y de deseo sentimos que las piernas abandonaban nuestras voluntades para caer juntos, lentamente unidos por la apretura de nuestros brazos,  hasta rodar por el blando lecho de confidencias que nos ofrecía la naturaleza.


           La luna recorrió toda su parte de cielo, pero nosotros no la vimos, entregados, como estábamos, en explorarnos para reencontrar nuestras viejas intimidades, hundiéndose cada uno en el cuerpo del otro, hasta escuchar solamente el latido desbocado de sus propios corazones, mientras nuestras pasiones se amalgamaban juntas pero cada una dentro de los rincones del otro.


          Sabíamos que deberíamos separarnos, como nos había sucedido tantas otras veces, y eso hacía que aprovechásemos todos los momentos para amarnos con desenfreno, pasábamos las horas junto a las veredas del río, sin notar ni el frío, ni el cansancio de tanto amarnos, cabalgando entre juncos, navegando entre estrellas y esperando el terremoto de cada momento en que la tierra nos temblaba a los dos a la vez.

          Cuando apurábamos esos momentos, en una cruenta e inexorable cuenta atrás, como si fuesen los últimos de nuestra vida, disfrutábamos tanto de lo pasado como sufríamos por la injusticia de tenernos que separar una vez más. Era el momento en que se me llenaba el alma de sentimientos contradictorios y trataba de consolarme mirándote la inmensa profundidad de tus ojos claros a través de los que llegaba, sin dificultades, hasta tu corazón. Cuando tú sonreías, yo siempre te pedía con tanta dulzura como necesidad 

“Sueño, cuéntame un cuento”.
 “¿Cómo lo quieres…?” me decías desde la fragilidad enamorada de nuestros                                        momentos gozosos.
Yo, mirando nuestra querida bandera amarilla, te respondía una vez más… “Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie…”

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