domingo, 11 de febrero de 2018

MIS HOJAS SUELTAS

Un nuevo capítulo de mis HOJAS SUELTAS, recuerdos de niñez y de adolescencia adornados con la perspectiva del tiempo para engrandecerlas. Hoy recuerdo a MI TÍA FELICIANA y su Barrio Obrero.


                      Con cuanto carácter y disimulada alegría la tía Feliciana nos regañaba mientras cogíamos los primeros nísperos del año.

                        Nunca se borrará de mí su figura pequeña, regordeta, ágil,  moviéndose con soltura entre las enaguas recién almidonadas o junto a las pecheras o los puños inmaculados.      Mi inolvidable tía Feliciana era planchadora, en los últimos tiempos de la artesanía,  cuando la fibra derrotaba a la taza de almidón.

                        Soltera, vivía con las tías Jesús y Pepa y el tío Miguel, en el Barrio Obrero y, a veces, la acompañaba hasta la Casa Colón, a llevar sus prendas planchadas a las familias inglesas. Era, en aquellos años 50, como entrar en un mundo nuevo lleno de colores y chocolates.

                       Tenía conmigo una obsesión especial, regalarme cuando me marchara al Ejército, como había hecho con todos los sobrinos aquella célebre bolsa de tejido que todos llevaban para la ropa sucia.    Tantas veces me lo repitió que, en mil ocasiones,  soñé con las formas de mis iniciales bordadas, en no se que hilo de color, sobre alguna tela de ocasión.
                        
                       Cuando en mi adolescencia, entré en su alcoba -minutos antes de su muerte- a darla un último beso, abrió penosamente sus pequeños ojillos, llenos de cansancio y de paz y a modo de despedida aún pudo decirme:”Tu taleguita, hijo, ya no podré hacértela…”

                      Y a pesar de los años transcurridos nunca -en momentos de soledad-  puedo, ni olvidar esas palabras, ni el sonido penetrante que, en aquella mañana lluviosa de Febrero,  formaban la campana del cementerio y la tierra cayendo sobre su humilde y última morada.         Adiós querida tía Feliciana.

Noviembre de 1978

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