jueves, 16 de octubre de 2014

CARMEN PALANCO

Carmen Palanco, ha sido un amor literario a primera vista, ha nacido entre los dos una amistad y una cercanía desbordantes desde que leí su opera prima EL CAMINO DE LOS SAUCES.

Carmen escribe con la osadía y la frescura que aporta la juventud, la cercanía de la madurez y, adelantándose su tiempo, con la filosofía de la vejez.

Este relato, LA TARDE, está lleno de un amor perdido en los lodos del camino de cada día pero que vuelve a cobrar vida resucitando con el calor de sus palabras. Seguro estoy de que una vez comenzada su lectura sereis incapaces de abandonarla.

Gracias amiga Carmen. La foto, excepcional como todas las suyas, de mi amigo Manuel Mojarro.


De luces de malva…



La tarde

El invierno se ahondaba y la niña se hacía mujer con cada peldaño que subía. Vivíamos en un cuarto piso, en una pequeña atalaya que nos reguardaba del rechazo y la sinrazón que te enfermaba. El pánico a ese “bendito” ascensor que se paraba en el tercero durante horas, día sí y día no, sin forma de arreglarlo, podía con el ansia de verte. Mis veinte años corrían por las escaleras, cesando, más por el amor que por el esfuerzo. Al pasar por el tercero, la voz de Aurora “La Corista”, que tocaba incesablemente el piano, se escuchaba tras la puerta; esa mujer me intuía, desde que abría el portal hasta que pasaba por su casa con la maleta de los domingos, entonces paraba de tocar y de un grito me pedía que le bajase la basura. Pobre Aurora, tan mayor y  tan sola, tan sola y tan llena, tan buena y tan de pan, qué poco veía y cuánto de mucho era capaz de percibir. Yo seguía mi curso, absorbida por mis anhelos, dos días de no verte, qué largos y duros, entre jadeos le gritaba: ¡Luego bajo! —y ella respondía: Saluda a tu marido, ¡aunque puede ser tu padre!— me hacía gracia, mientras pensaba.      —Ninguna entidad da fe de nuestro matrimonio, pero es mi marido, la casa lo dice, lo dice la terraza dónde conversamos, lo dice el colchón de las auras, lo dicen las noches en vela cuando se viene abajo, lo dice el cajón de los medicamentos, lo dicen las manos; llevamos un anillo de sangre… lo dicen las heridas, las de la piel y las del alma. Yo ya tengo un padre, que cubre mi vida como una flor que cobija a la hormiga con sus pétalos, pero él, mi marido de sien blanqueada, de cuarenta batallas y años cumplidos, me esperaba con los brazos abiertos, mientras la mía, recién dejada la niña, subía a la cumbre. El tiempo se equivocó con nosotros, dejó de existir y lo que mostraba era solo un salto que no correspondía, porque el cuerpo es tan poco ante la esencia de lo que se siente, que yo me reía buscando una diferencia que nos alejase, entendiendo así, que lo que nos hace infelices son los prejuicios por las causas vánales, por la falta de amor ante la vida y sus giros,  me mantuve intacta ante eso y me hizo lo libre que soy. Crecí de golpe, eso sí, no hay un paso sin esfuerzo. Cogimos altura, nos quitamos la piel, diluimos el cuerpo, igualamos la mente y tuvimos que amarnos sin materia.


Al fin llegué a la puerta, las llaves y el temblor, ya estoy, aguanta que llego, no quiero regalarle al tiempo un minuto más de tu ausencia, a ti, que te me vas entres las manos, agua de sediento que se escapa sin alcanzar a saciarse. La cuenta atrás comienza desde que nacemos, pero la tuya se precipitaba y yo que lo sabía sólo quería reír al viento junto a tu presencia. Te hiciste etéreo antes incluso de tu marcha, asumí la vida sin ti antes de la despedida y por eso fui feliz en aquellos momentos que nos descontaban y nos acercaban a la partida. Un día era un regalo, un año 365, dos años 730 y algunos días más que pudimos robar. Sin duda fui una afortunada, hay personas que tienen 730 motivos para ser infelices y yo tuve 730 y pico días de felicidad.

Tu olor al entrar, tu voz en el pasillo.

—Dime que me quieres, ¡dímelo anda! —no te vi, pero eran aquellas palabras la habitual bienvenida.

Tu silueta perfilada de luz junto a la ventana, la tarde caía dorada y fría, estabas sentado a la mesa del escritorio. Te quitas las gafas, siempre te las empaño, las tienes torcidas por culpas de mis abrazos, hoy no puedes levantarte a recibirme y lo disimulas con esa pose de intelectual. Cómo te agradezco tu inteligencia, cuánto de humano, cuánto de integridad.

—Te quiero, te quiero en todo momento y creo que siempre te querré. —Ya me sentaba en tus rodillas, ya te apretaba hasta ahogarte, ya me hacías cosquillas.

—Me querrás siempre, lo sé, me iré antes de que puedas olvidarme. No sé si reír o llorar. Seré como Elvis. En tu imagen retratado viviré, —apuntaste bromeando, agudizando la voz exageradamente— el adiós eterniza. —Concluiste con medio suspiro, ahora sí, pausado y convencido.

Aprendimos a tomar con naturalidad el futuro, a reírnos con cinismo, fue tu forma de prepararme y de convencerte de que yo podría superarlo.

—Si el adiós eterniza, no hay adiós. —Rebatí. Adoraba tus juegos de palabras, luego supe que para ciertas cosas nunca se está preparada, pero tenía que parecer fuerte y convencerte constantemente de que era tu mejor opción.

Me costó la vida que me dejases pasar. Que afrontaras nuestro amor y le dieras camino. En nombre de ese esfuerzo y de lo que suponía estar a tu lado era capaz de mover todas las montañas del mundo.

—¿De dónde vienes?, ¿qué has hecho? —preguntaste.

—Vengo de un mundo extraño, de hacer cosas que no me sacian.

Tu respiración sonaba cansada pero el aire que pasaba de tu pulmón al mío llenaba un espacio infinito. Tu aliento, el batir de tu lengua rozándote los labios mientras hablabas, sentir tu humanidad y el roce de la misma moviendo tus manos, pulsadas y efímeras, suponía una totalidad absoluta, una se hace grande amando las pequeñas cosas, los pequeños detalles, tu palabra, tu gesto al hablar y tus manos entrelazadas en mi cintura se sublimizaban alejadas del sexo. Que más tarde tomaría la naturalidad sosegada entre los pliegues de tu alma y la mía.

Nada de lo que eras ofendía el momento, ese, ni cualquier otro, ni tu miles de defectos, ni tu millón de virtudes, lo que eras se conjugaba y no en un estuche idealizado, yo te conocía, te concebía y te amaba por razones ajenas a mi voluntad, el todo estaba en ti, no porque fuese maravilloso, sí porque así se me realizaba. Nada era perfecto y en la imperfección el amor se perfeccionaba. No era un capricho de niña loca, era una mujer la que se posicionaba, lo tuve claro, tan claro que no tuve opción, ni miramientos, ni miedos.

—Hoy fui a la estación —me contaste— a ver pasar a los trenes. Vine muy cansado, ha sido un esfuerzo titánico el ir, pero quería hacerlo. Allí nos conocimos, ¿recuerdas?, tú sentada en un banco del andén, yo bajando cientos de veces. Muchas me pregunté a quién esperabas.

—Hasta que me lo preguntaste —interrumpí.

—Sí y me dijiste que a nadie, que te gustaba sentarte a observar. A esta niña le falta un tornillo, pensé —sonreías— y resulta que viniste a apretarme los míos.

—Comenzaba un proyecto, “don sabelotodo” —le dije con retintín— necesitaba inspiración. Menos mal que a mí me da igual lo que piense la gente, la burda apariencia no me da lo que soy, ni me merece tiempo. No era yo la “Penélope” de Serrat, no, era una simple observadora. Yo te veía subir al tren todos los días, a la misma hora, con esa cara seria de profesor omnipotente y pensaba… que tío más cuadriculado.

—¿Cuadriculado? —Subió una ceja— sí, soy un poco cuadriculado, bueno lo era, contigo rompí la cuadricula y me la tragué. Recuerdo la primera vez que me dijiste te quiero, a poco de conocernos, ¡qué poca vergüenza tenías! —Bromeó.

—Y no te mentí, comenzaba a quererte, que no a enamorarme, a la gente le cuesta decir te quiero, cuando en realidad se quiere mucho antes de ser capaz de decirlo, pero como tendemos a comprometerlo todo y a quitarle libertad a los sentimientos pues nos parece una burrada decir te quiero a la primera de cambio. ¡Oye tío —pensé en aquel momento— pues te voy queriendo, no sé hasta cuándo, pero te voy queriendo! Te cogí cariño, o aprecio, o como quieras llamarlo, para mí, te quiero es más fácil que te odio, pero al mundo le pasa todo lo contrario. Que si te dije que te quería no quería decir que no dejase de quererte por algún motivo, pero mientras me quieras, dímelo, que no te lo voy a echar en cara si en algún momento dejas de quererme.

—¿Y me quieres?, anda dímelo otra vez. —Un beso se hizo hueco.

—Te quiero más que aquella vez y menos que mañana. —Le dije muerta de risa.

—¿Pero por qué mañana me vas a querer más o menos? —Ahora era él el que reía.

—No lo sé, creo que más, pero no lo sé, vete tú a saber. No es un te quiero comprometido, el futuro es incierto, el mío es un te quiero libre hasta de dejar de serlo.
—Estaba decidida, ese duelo lo iba a ganar yo.

—Llevas razón…no se puede ser más racional y yo más inmaduro.


La noche calló junto a un sol que iluminaba el ocaso que se nos venía, demostrando el sentido y la conciencia, que como dice el dicho, no es más feliz quien más tiene si no quien menos necesita, y añado, el que menos necesita contiene la suma de una felicidad fijada en un tiempo parado que devuelve a la vida el momento del que se alimenta. En parte somos lo pasado y de lo pasado debemos ser lo mejor. Oasis de lo aprendido que alejan las lunas rotas.

5 comentarios:

Soñadora dijo...

Precioso. Una gozada para los sentidos. Pero ¿Ese amor existe...?
Diego gracias por este nfoque tan diverso del blog. Esperamos algo tuyo amigo. Un abrazo

Del Rosa Al Amarillo dijo...

Seguramente existe Soñadora. Prometo algo mío para la próxima semana.
Un abrazo

Amaya dijo...

Hermoso, muy hermoso, un relato que te reconcilía con la palabra AMOR. Enhorabuena a Carmen y gracias a tí por ofrecerlo a los amig@s del blog
Besos.

Del Rosa Al Amarillo dijo...

Graciasa Amaya en nombre de los dos.
Besos.

Nigromanta dijo...

Tierno, humano, sentimental, sensual,amoroso.
Que hermosura.
Felicidades a la autora y a tí por el regalo.