sábado, 1 de abril de 2017

SUEÑO EN COLOR CEREZA

Os dejo un ampliación de MIS SUEÑOS EN 39 COLORES con el sensual color CEREZA. La foto de Jorge Lázaro



Tenías los labios trémulos y azulados por la emoción, la boca redonda y absorbente y los míos decididos a poseerte desde la dul­zura confundida con el deseo. Fue un beso largo, profundo, domi­nador, dialogante y entregado. Me reconocí a mi mismo que nunca antes había besado así, con esa eternidad, con esa pérdida de la noción del tiempo. El agua de las dos bocas se desbordó remontán­dose hasta el último rincón de nuestros labios para vaciarse en el otro como un dulce e irrenunciable veneno. Desde la profundidad del beso, noté en mi espalda un estremecimiento, desconocido has­ta este momento, y que me recorrió los sentidos haciéndome cerrar los ojos para recrearme en el abandono mutuo de nuestros cuerpos.

Sé que los dos nos sentimos felizmente vacíos, como si el cuerpo de cada uno se hubiese transmutado al del otro. Sé que los dos tuvimos la sensación de que ese beso iba a marcar una fecha, para siempre inolvidable, en nuestras vidas. La seguridad de que después de ese beso comenzaría una nueva existencia para los dos, de que nunca nos íbamos a lograr despegar del recuerdo de estos labios posesivos y acariciantes que, por ambas partes, tenían un marcado sabor a vainilla, limones dulces y canela en una extraña mezcolanza llenas de voluptuosidades, asechanzas y entrega sin posibilidad de retorno.

Cuando abrimos los ojos los dos sabíamos que, mientras nos besábamos, habíamos perdido la posesión de nuestros cuerpos y el dominio de las voluntades que se habían resignado, ante lo inevita­ble, como el náufrago que baja sin resistencia entre las olas con la sensación de no llegar nunca al fondo.

Cuando salimos de aquellas benditas cuatro paredes que ha­bían cobijado nuestros gemidos, nuestras ausencias y nuestra entre­ga. Cuando volvimos a recibir el soplo de aire fresco de la tarde y nos miramos, desde la adolescencia que había anidado en nuestros corazones, te miré, te sonreí, apreté mi mano sobre la tuya, me acerqué hasta tu oído y te dije con una voz trémula que, a veces, pienso es ajena a mi voluntad…

“Sueño, quiero que, desde el sabor de este beso, me cuentes un cuento”

“¿Cómo lo quieres…?”, preguntaste desde el remolino de turbaciones que te invadían tras nuestro primer beso.

Sintiendo más mía que nunca la bandera amarilla de mi ho­gar de los sueños, la cubierta del Nueva Fidelidad, me dejé me­cer por el recuerdo dulzón de tus labios y te pedí: “Cuéntame un cuento lleno de besos que nunca antes hayas entregado a nin­guna boca…

No hay comentarios: