lunes, 27 de julio de 2015

HOJAS SUELTAS. LAS MADRES



Continúo con mis HOJAS SUELTAS referidas a mis vivencias de infancia en el faro del Picacho, en esta ocasión quiero recuerdar el reverencial temor que me producian las aguas negras de LAS MADRES y su destartalado puente de viejas maderas. La foto es de Manuel González Flores




                                                XIII.- LAS MADRES


                             Cuando sentados al fuego en las frías noches de invierno navideño, la abuela Milagros me contaba historias, siempre le pedía que volviese a repetir la de las Madres…


                             Las Madres que escalofrío cuando oía su nombre…   Las Madres… y que silencioso temor al pasar sobre su destartalado puente de maderas negras y carcomidas,  mientras veías sus aguas turbias mirarme desde el fondo.


                            Decía la tradición que un pastor buscando una cabra perdida, se había adentrado en una noche de luna llena en las charcas de la ciénaga de las Madres y que allí, aprisionado por fuerzas invisibles, tuvo una muerte lenta y horrible.    Esa misma tradición recogía que sus lamentos se volvían a escuchar cada vez que la luna era llena y se reflejaba en sus aguas negras y sucias.


                            En mi infantil y fantástica mente, el grito del pastor se repetía una y otra vez, entre las paredes altas y húmedas del faro y durante mucho tiempo, asocié la llamada lastimera del pastor, con el sonido metálico de los cencerrillos que llevaban las cabras, cuando esto sucedía al atardecer entre las primeras sombras, una extraña desazón se apoderaba de mí, entristeciéndome y dejándome aún más en soledad,  una soledad que, solo desaparecía, cuando con paso que comenzaba veloz y acababa en carrera, cruzaba el patio del faro y me iba junto a mi amiga la vieja morera de la puerta principal



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