viernes, 19 de diciembre de 2014

AL OTRO LADO DEL ESPEJO

Antonia María Peralto no deja de ampliar sus campos artísticos, tras la printura, llegaron el grabado y la cerámica. Ultimamente ha tomado la pluma como expresión de sus inquietudes .
Hoy nos deja este microrelato lleno de sentimientos y nostalgias. Gracias por este paseo por nuestras esquinas en rosa y amarillo.




AL OTRO LADO DEL ESPEJO




Gerineldo, Gerineldo,  mi caballero florido.
¡Quién te tuviera esta noche, esta noche en  mí albedrío!


La mujer entonaba el canto con un son monocorde, seca y delgada,  negro el vestido, albo el pelo, que amordaza el moño bajo, mece un bebé entre sus brazos, que llora a intervalos. La niña busca su pecho  con su mano gordezuela, lo encuentra seco y duro, nunca recibió  caricia, nunca saltó alborotado, nunca sintió la pasión, retira la mano busca, calor, vida…pero allí todo esta muerto.                                                                                                                                    
Desengaño, llanto, rastreo inútil de noches de blanco manjar, gotero de vida.                                                                                                                                                                                                        
De nuevo el llanto se pierde por la habitación  en tinieblas de una casa que tuvo vida, partos, niños, risas, amor… ahora está deshabitada de sentimientos.
La decadencia es señora, las cortinas de terciopelo pardas, los muebles  átonos y descoloridos, las persianas siempre bajas para que nadie vislumbre  la intimidad, guerra a la luz.

A las diez se acuesta el rey, a las once está dormido.
A eso de las once y media, Gerineldo en el castillo.

La mujer sigue desgranando las monótonas estrofas, en un intento vano de calmar a la criatura, acaricia su cabeza hundida, escalofrío, dolor, el eco del  golpe  contra el mármol, sigue sonando. Sólo el cráneo hundido, desde los brazos de la madre hasta el suelo la separaba un piso.
Su andar es torpe, las piernas gruesas, recorre la vasta casa, hasta que encuentra barreras infranqueables, puertas que no se abren, la cueva es su refugio, viejo aparador con capacidad para niñas y soperas de granulado manjar.

Visita corta, la mujer, arreglada como una chica Pin-up, desgrana  sus enfermedades y se marcha pronto.

Los domingos la acompaña el hombre y la joven de uniforme, Jardines de Murillo, niños, vendedores, gentes vestida de domingo. La muchacha  la lleva en sus brazos, caballito del retratista y luego la vuelta a la casa grande, tristeza, soledad, oscuridad.

¿Quién ha sido el atrevido que en mi palacio ha entrado?
Soy yo señora Gerineldo que vengo a lo prometido.

La mujer intenta calmar su llanto silencioso, lastimero mientras desgrana la letra lentamente.
Su escapada, termina en la sala en penumbra, cortinajes que asfixian, los muebles solemnes se le antojan gigantescos dinosaurios, se refugia tras ellos y  la ve, blanca transparente, como la luz que se filtra entre las cortinas  jugando con las partículas de polvo en suspensión, le sonríe y le tiende las manos, ella quiere cogerlas pero se le escapan, el rayo de luz resbala entre sus dedos, con el tiempo aprende a jugar con la sombra, juntas recorren los campos del Edén, cortan flores en jardines de primavera eterna, o cabalgan sobre el arco iris. La niña siente sus dulces caricias y se acurruca en sus brazos amorosos que no quiere abandonar. Pronto le pone nombre a su amiga…  abuela.
Quiero estar siempre contigo, pide la niña. Aún no es tu tiempo, tendrás otros amigos.                                                       

Lo ha cogido de la mano y en su cuarto lo ha metido.
Entre caricias y gozos se quedan los dos dormidos.

Y llegó el joven mago, simpático,  embaucador de las viejas sombras, juegan con el tren de cuerda. La máquina, dos vagones y un pequeño recorrido de vías, solo hay que darle cuerda y corre hacía el país que hay detrás del espejo.

De tierras lejanas, llegó una mujer, piel cobriza. El joven empeñó su voluntad con la extranjera, las cartas de ultramar lo reclaman y el decide marchar.  .
Monstruo de vapor, humo y carbón que le mancha la cara, es su primer tren de verdad.  La oruga comienza a  caminar lentamente, el paisaje, pasa por la ventanilla como una película en technicolor en dirección al  puerto fenicio y milenario, cruce de culturas y  puerta de salida hacía el nuevo Mundo, sabor a sal y vientos de levante.

El barco de vapor emprende la larga travesía, la niña se desespera y llora en el muelle, más tarde en la playa solo lo divisa lejos muy lejos, dolor, lo añora durante siete años. Cuando le anuncian su regreso salta de alegría como una novia enamorada, se engalana con los  pendientes que él le regaló a pesar de los surcos sangrientos de su lóbulo. No reconoce al que vuelve,  su  indiferencia es más lacerante que la herida. ¿Dónde estás?  ¿Qué fue del compañero de juegos?   Sintió frío, mucho frío donde antes había tan cálidos recuerdos. Nunca más usó los pendientes y dejo que las heridas cicatrizaran, lentamente, con el tiempo.

Adiós mago, adiós, ¡No te conozco! Nunca más pasaremos detrás del  espejo.

4 comentarios:

Anonima dijo...

Hermoso relato. Felicidades a la autora y gracias a tí por compartirlo.
Felices Fiestas en rosa y amarillo

Amiga dijo...

Enhorabuena, seguramente el relato tiene connotaciones personales que la autora ha llenado de emociones.
Felices Fiestas.

Amaya dijo...

Bonita reflexión. Felicidades a la autora y a tí gracias por compartirlo.
Abrazos.

Del Rosa Al Amarillo dijo...

Anónima, Amiga y Amaya, gracias por vuestra visita.
Feliz año 2015, siempre en rosa y amarillo.
Un abrazo muy cercano.