jueves, 4 de agosto de 2016

MI CUADERNO DE BITÁCORA: LA HABANA

Os dejo el auténtico regalo que supone para los sentidos la ciudad de LA HABANA. He recorrido medio mundo pero esta , sin duda, es una de las ciudades más cercanas, hermosos y sensuales que he pisado.





La Habana, olores y aromas a  tabaco y ron, a sensuales abrazos del Atlántico y del Caribe, a brisas coloreadas de boleros inolvidables.  La  Habana,  una ciudad donde cada calle, cada rincón, cada plaza, cada bulevar tiene su propia historia.    Una ciudad con  sabor diferente, con una luz distinta, se diría que en La Habana no hay ruidos, solo sonidos.  Sonidos a  música en cada barecito, en cada casa de comidas, los paladares, salsas y boleros a cualquier hora del día, sonidos a viejas radios por las ventanas abiertas de los pisos ruinosos y a voces de niños jugando, que ya son sonidos olvidados en otras ciudades.

     Calle del Obispo, desde el Floridita, el templo del daiquiri,  hasta la Plaza de Armas y su mercado de libros usados, pasando por Ambos Mundos, una cerveza Bucanero y su piano siempre acariciando boleros…   La Plaza Vieja, con su casa de Cádiz, pura Andalucía colonial trasladada a través del Océano, la bajada por el Prado hasta el Malecón lleno de palacetes rezumando historia entre el desgarro de sus fachadas y el caminar voluptuoso de las habaneras en flor, la alegría estrecha de la calle Mercaderes o Compostela o San Ignacio…   La Casa de la Obrapía, impresionante por su belleza y sus patios interiores totalmente remozados. La Plaza de la Catedral,  adornada con las cubanas ataviadas para el turista, enormes puros y suave contoneo de sus caderas…   y por el palacete del Patio, sones, comidas y combinados en un ambiente de hace siglos y, abrazándola, a la vuelta de la esquina,  la Bodeguita del Medio, icono del buen mojito.  



     Pasear en coche de caballos desde el Parque Central hasta el Vedado, pasando por la Habana Centro y el Barrio Chino, entrar con el por el Cementerio Colón, una obra de arte esculpida en mármoles,  llena de leyendas como la de Amelia y su tumba rodeada de creyentes, de rituales y de flores frescas, seguir y tomar un helado en el centro Copelia, con sabores a fresa y chocolate,  y un mojito en el jardín del Hotel Nacional, volcado sobre el Malecón, mientras te cantan boleros a la hora del almuerzo.

      Cruzar las avenidas de Miramar y regresar al bullicio del Parque Central y el Capitolio, copia del de Washington, rodeado por el antiguo Centro Gallego, hoy Teatro Nacional García Lorca.    A su frente los soportales, tras el Centro Asturiano, fachadas derruidas pero llenas de grandiosidad, la comida en Los Nardos y el café en la terraza del Hotel Inglaterra, los automóviles de hace medio siglo con sus imponentes carrocerías y sus colores impecables y gritones como la propia ciudad, los coco-taxis, las bicicletas para pasajeros, los coches de caballos…


      Pasear por La Cabaña, junto al Morro, en la otra orilla de la ciudad, llenarte de su atardecer de mil colores que se esconden tras las lejanas avenidas de Miramar y esperar el cañonazo de las 9 tomando un mojito mientras escuchas, por enésima vez, a grupos que animan todas las terrazas de la fortaleza donde vivió el Ché…    Más adelante,  y en la misma orilla,  la Santería,  Guanabacoa, Regla y su Virgen Negra, la yemayá de los viejos esclavos africanos que escapaban desde la ciudad,  cuanto fervor en los rezos y las ofrendas y en sus puertas, las viejas descendientes de esos mismos fugitivos, vestidas de blanco y amarillo, te predicen tu futuro o clavan las agujas de vudú.

     El regreso, acariciado por olores a muelle y a sal,  en las barcazas que se abren camino por la bahía de La Habana entre estertores de sus entrañas cansadas de navegar.


     Caminar por sus pueblos detenidos desde hace un siglo: Caibarién,  Remedios, su plaza con dos iglesias y su leyenda de una Virgen aparecida en el mar y rescatada por pescadores que en noches de luna se cambia de una a otra iglesia, sus casas restauradas y refulgentes en añil, rosa, amarillo, anaranjado… una gama de colores que da a Cuba esa sensualidad única de borrachera visual.

       Y lo mejor de Cuba,  Sin duda los cubanos.   Soy entrometido, me gusta caminar por las ciudades, sus calles y sus rincones sin otros consejos que no sean los de mi guía de viajes y mi instinto, alimentado por la curiosidad, llamo a cada puerta que me parece interesante y así conocí a Ernesto Canteli, director de teatro, escritor, poeta, historiador del que me asombro cuando veo quién es en Wilkipedia.  Gracias Ernesto, amigo,  acompañante, guía, cicerone que me llevó hasta los últimos rincones de La Habana de la mano de su inmensa cultura, que me recitó versos suyos en la puerta de la Bodeguita del Medio y que me llenó hasta rebosar de su inmensa sensibilidad.  Suerte en la obra que diriges y estrenas, precisamente hoy 26 de Marzo, en el Teatro Nacional de Arte Cubano de La Habana dentro de la Bienal Artística.  Gracias María Victoria a quién encontré tras la puerta de un despacho en un palacete colonial y a Manolo Fernández, Directora General y Director de Mercadotecnia respectivamente de la Galería Génesis, organizadora de la parte pictórica de la Bienal de La Habana que, justo hoy, se inaugura.  Gracias por vuestro amable café cubano en tu antedespacho, gracias por hacernos volver para ver pinturas y esculturas y gracias Manolo, a ti y a tu esposa Odalys,  por abrirnos por dos noches las puertas de tu casa y disfrutar con las tertulias hasta la madrugada.   Y gracias especiales para la familia de Alfredín, su esposa Araceli, su deliciosa hija pequeña y su hijo Raul  en Remedios, su generosidad, acompañándonos y enseñándonos el pueblo,  y su cercanía abriéndonos las puertas de su casa para ofrecernos lo mejor que tenían son ya inolvidables para mis recuerdos…    Y para Yolanda, nieta de santanderina,  Directora de la Casa de la Cultura de Remedios y para Rudy un cochero encantador que nos enseñó el Barrio Chino, la Habana Centro, el Vedado… mientras piropeaba toda mini falda que se moviese y para Adolfo, sabio taxista, que escuchaba en su coche música de los H.H. (por Díos…) mientras atravesábamos los 54 kilómetros de pedraplén que unen Cayo Santa María con Caibarién.

        Yo, parafraseando a Carlos Cano,  quisiera y me atrevo a decir que “Andalucía es La Habana con más salero y La Habana, Andalucía con más negritos…”      Hasta siempre amigos,  que la brisa del Atlántico os lleve mi recuerdo y mis nostalgias… 

       Un fuerte abrazo de vuestro amigo DIEGO

1 comentario:

Cristina dijo...

Hermoso cerrar los ojos y viajar junto a tus recuerdos. Gracias por compartirlos