viernes, 19 de agosto de 2011

LOS PUENTES DE MADISON

Una de las más hermosas historias de amor llevadas a la pantalla es, sin duda, LOS PUENTES DE MADISON, adaptación de la novela homónima de Robert James Waller, quiso la casualidad o la causalidad, como me gusta subrayar, que hace días y de manera inesperada la volviese a ver en televisión, invitándome a escribir estas lineas llenas de la poesía que rezuman los amores únicos y a la vez imposibles...

Francesca (Meryl Streep) es un ama de casa que un día abandonó sus sueños para cuidar de su marido y de su familia en una granja del pequeño condado de Madison, la llegada de un fotógrafo de National Geographic, Robert (Clint Eastwood), durante unos días en que su familia está fuera, le abrirá los ojos y el corazón a un mundo enterrado en años de rutina y le hará aflorar sentimientos escondidos que entrarán en conflicto con la persona que ha sido hasta ese momento.

Es un melodrama con el silencio como principal excusa. No hay acción y, sin embargo, la pasión empapa la pantalla con cada palabra sin pronunciar o con cada mirada perdida. Hay una escena que resume toda la sutilidad embriagadora de la película: "El duro Robert llora de amor bajo la lluvia mientras la mano de Francesca duda si abrir la puerta a una nueva vida...".


He querido recoger algunas frases sueltas pero que hiladas nos dan toda la verdadera magnitud de como el gran amor de nuestras vidas solo pasa una vez por nuestra puerta...

"No se si voy a poder hacerlo... ¿El qué...? Intentar concentrar toda mi vida entre hoy y el viernes..."

"Por un momento no supe donde estaba. Y por un instante pensé que él no me quería. Que le era fácil dejarme... Que equivocada estaba..."

"Pensé que él había estado allí solo unos momentos antes. Estaba tumbada, donde el agua se había deslizado por todo su cuerpo. Y me pareció intensamente erótico. Casi todo lo relacionado con Robert había empezado a parecerme erótico..."

"No quiero necesitarte. ¿Por qué...?. ¿Que por qué...? Porque no puedo tenerte."

"El amor no obedece a nuestras esperanzas, su misterio es puro y absoluto..."

"Creo que los lugares en que he estado y las fotos que he hecho durante toda mi vida me han estado conduciendo hacia tí..."

Yo resumiría esta hermosa historia diciendo que los dos tuvieron la suerte de poder conocer ese gran amor imposible. Un amor que sabes, con toda certeza, va a ser el único verdadero en tu vida.

Pienso que las mujeres que han tenido la suerte de pasear por su particular Puente de Madison, nunca olvidarán al fotógrafo que un día les inmortalizó los vericuetos de su corazón...

Dedicado a todas las mujeres que guardan, amorosamente abrazado por su memoria, un viejo paquete atado con cintas de colores donde atesoran los recuerdos que le sirvieron para levantar su propio PUENTE DE MADISON...

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miércoles, 11 de noviembre de 2009

HOJAS SUELTAS

Esta semana nos toca descanso en la programación de nuestro DEL ROSA AL AMARILLO y, siguiendo la norma que establecí hace quince días, os ofrezco una segunda entrega de mis HOJAS SUELTAS, recuerdos, retazos y vivencias de mi infancia.

Mis padres, mis colegios, mis veranos y Nochebuenas en el Picacho con la abuela Milagros, agrandados y adornados con el colorido de la distancia y que quiero entregaros desde la tierna cercanía de mi sincero afecto a todos mis amigos/as del blog.
Hoy recordaré a la figura inolvidable que era, para los niños de otras generaciones, su "primera maestra". Sin sospechar yo, por entonces, que también sería "maestro" de jóvenes con los que hoy me cruzo, hombres ya, por las calles y aún me llaman cariñosamente Don Diego.

Elijo, para acompañar esta hoja suelta y a la que titulo DOÑA PEPITA, la fotografía de la matrícula de mi examen de ingreso.

"A pesar de los muchos años transcurridos, cuando llega hasta mí el olor inconfundible del brasero, que aliviaba las anchas tardes de invierno en nuestro viejo colegio de la calle Aguas, no puedo evitar que mi corazón vuele en la distancia y evoque la dulce figura de Doña Pepita...

Doña Pepita, era una de aquellas maestras, ancianas ya hacía veinte años, que hacían de su amor el mejor de los magisterios. Pequeña, algo entrada en carnes, con su cara de muñeca de aparador, redonda, el color fortalecido en los pómulos y sus viejas gafas de carey...

Aún la recuerdo cuando la esperábamos en la esquina del Tupi, junto a la tintorería, deseando divisarla caminando por la calle de las Señas, para salirla al encuentro corriendo tan cariñosos como alborozados...

Como podré olvidar aquella taza de chocolate, con que me obsequió una mañana de San José, cuando le regalé una caja de bizcochos que mi madre había comprado en la tienda de Barroso, la misma donde élla me había llevado como "el niño que mejor lee de la clase..." y donde quiso el azar que estuviera mi madre, para premiar la lectura del "Nosotros" ante las parroquianas, con una lágrima acompañada del dulce gesto de ternura de una madre feliz..."

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miércoles, 28 de octubre de 2009

HOJAS SUELTAS

La decisión adoptada de ofreceros el programa de manera quincenal y mi deseo de acercarme a todos vosotros amigos/as con la periodicidad semanal que os era habitual, me hace incluir desde hoy estas páginas a las que llamé en su día HOJAS SUELTAS y que en nuestra primera temporada fueron habituales en el programa.
Son recuerdos de mi más tierna infancia: La Vega, mis padres, mis colegios y, sobre todo, mis visitas al faro de El Picacho donde vivía mi abuela Milagros y estaba, y aún está, mi vieja y querida morera refugio de mis recuerdos y de mis soledades...
Hoy quiero comenzarlos con el capítulo titulado: "ALGODONES DE LUNA" especialmente dedicado a las peculiares creencias de mi madre...

- ¡Hijo, tíralo al "bater", que no lo vea la luna...!
Y para mí, se encendía un mundo mágico e inalcanzable, lleno de oscuras veredas y de reflejos perdidos... Era mi madre con su voz cansada, pero llena de matices, quién me repetía su temor a que los algodones usados -inyecciones de invierno, caidas de niñez o heridas de vejez- quedaran indefensos ante la luna.
- ¡Hijo, tíralo al "bater", que no lo vea la luna...!
Y yo corría, aleteado por una supersticiosa imaginación, a sepultar en la cascada de agua del cuartillo del patio lo que, inocentemente veía, como desencadenador de "no se que" terribles infecciones...
- ¡ Hijo,tíralo al "bater", que no lo vea la luna...!
Y al volver, la dulce sonrisa de mi madre, entregaba a mis ojos asustados, la paz que le había robado la húmeda oscuridad del patio en silencio...

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